Donde la curiosidad dirija sus sentidos: planeta, continente o país, siempre brota algún desatino. Leer titulares trae consecuencias: saber que la razón resignó su argumento y anhelar el diván pidiendo al Gran Arquitecto Universal, o tal vez a Freud, una compasiva justificación de la especie. El hombre se evade del hombre. Camuflado en lo micro con gradaciones que asfixian la idea: milímetro dividido en un millón. Refugiado en lo macro con hallazgos de novela: estrellas explotan a 300 millones de años luz. Entre células revueltas y genomas controlados cualquier imposible asoma caduco. Pero en esa ecuación mitológica, el humano social es lo insólito que resulta enmarañado contener. Y así la droga. Ésta y su tragedia, como lenguaje primario, tiene funciones narcóticas: opaca el sentido de la vida y de la muerte. Vaya ironía. ¿Qué valor tiene dignificar nuestra gestión humana, crear y dar forma a la circunstancia, si es posible acceder de inmediato al Paraíso?
El hombre no logra vivir dentro de sí, por eso huye. Sócrates acertó la primicia: alma, cuerpo y cárcel. Si la droga responde a una conducta de fuga, su efecto expulsa dolor, necesidad o saturación, y se convierte en sustituto artificial. Receta que suple y a la vez confirma las crudas adversidades coetáneas. Bienestar sintético cuyo riesgo fue apenas o jamás cotejado. Antídoto para realidades extraviadas en guerra por recuperarlas, sin atender que el dañado colateral siempre es uno mismo. Especie de rebelión, cual espacio reaccionario donde la adolescencia acontece y actúa frente al universo gélido. Quizás el adolescente calca su entorno, y los boliches reproducen en su interior el vale todo del exterior adulto, sumido en atajos farmacológicos y pesquisas del Olimpo artificial. ¿Se explicará en la soledad? ¿Acaso en la familia y su inquietante apatía post moderna? Tal vez más simple, cual forzada hipótesis empírica: se consume porque se puede.
El auxilio de la ciencia nutre de contenido a lo invisible: “los roces sociales dominan las franjas de consumo”, dicen. Encuestas retratan de mayor a menor que la adicción es motivada por amistades, imitación, conflictos familiares, nuevas experiencias, soledad, estimulación, presión grupal y desinhibición.
Prensa oficial difundió que Argentina decomisó cargamentos millonarios. Pero en el mejor de los casos las históricas incautaciones no alcanzan el 15% de la droga existente en el país. Es preciso reconquistar la dimensión humana de la historia y comprenderla como construcción de hombres libres, para que nadie se escude en fatalismos y evite cargar con tamaña irresponsabilidad que rebota jocosa por el globo. Solo así la catástrofe de un niño fumando paco será más importante que la resurrección de Midas. En palabras de Ortega y Gasset: “A las cosas”.
Maldita numerología. Como frívola aritmética de la especie la estadística no es ni justa ni fatal ni íntegra. Dice aquello que pasa. Si lastima, sacude o aterra es porque lo humano la involucra. ¿La culpa la tiene el porcentaje o quien le da de comer?
De acuerdo al Instituto Gino Germani de la UBA, 73% de los varones y 63% de las mujeres entre 15 y 19 años ingieren bebidas alcohólicas. En Argentina hay casi 2 millones de alcohólicos. Dato atroz: en el país mueren 25 mil al año por ésta adicción.
En el mundo hay 15 millones de consumidores de cocaína. Dato crudo: Naciones Unidas informó que en Argentina se consume más cocaína per cápita de toda América Latina. En promedio su consumo nacional inicia a los 16 años.
El 46,2% de los adolescentes entre 12 y 17 años admite tener al menos un amigo que consume marihuana. El 7% de la población argentina la consume con frecuencia. Es la sustancia de ingreso habitual al mundo de las drogas ilegales. La iniciación media no supera los 15 años. Dato gris: la marihuana 2008 es 60% más fuerte que aquella que “elevaba” a los hippies en los ´60.
La 2da. Encuesta Nacional a Estudiantes de Enseñanza Media afirma que el consumo de paco aumentó un 200% en los últimos 4 años. El cuestionario se hizo en 586 escuelas de todo el país, respondido por 62.700 chicos de 13, 15 y 17 años que proyectan una base de 950 mil adolescentes. La llaman “droga de los pobres” porque la unidad se adquiere a 1 o 2 pesos. Dato fúnebre: los “menos adictos” fuman como mínimo 20 pacos diarios. “Adictos normales” no bajan de 50. Pasta base que queda tras destilar hojas de coca sin el proceso de elaboración de cocaína. En términos campesinos es la resaca que queda en el “fondo de la olla”. Altamente adictivo y tóxico, en 7 meses puede conducir a la muerte cerebral. Su efecto estimulante dura 5 minutos, lo que induce a multiplicar su consumo en escalada devastadora. Quienes fuman paco son llamados con apelativos por demás gráficos: fantasmas y muertos vivos.
Dato inmutable: El consumo de sustancias ilegales se vincula de alguna manera con la criminalidad (lavado de activos financieros y violencia en las calles). El Servicio Penitenciario de Buenos Aires efectuó en 2004 un trabajo estadístico sobre 10.430 detenidos. 55% reconoció usar narcóticos; 41,8% estaba drogado cuando delinquió; 77% inició su adicción antes de los 17 años; 74% con marihuana.
El desenlace espontáneo anestesia pensamientos. No hay fórmulas mágicas, apenas la soberanía del yo para no perder de vista el nosotros. Que las familias den el ejemplo y los padres no pifien. Sustituir la imagen autoritaria de jefe de hogar por una más democrática y condescendiente, sólo provoca acercamientos erráticos. Las adicciones amordazan la libertad y degradan la dignidad humana. Incluyamos la familia en la única aventura que importa: la vida. Diálogo como bandera. Debate como virtud.
Voces del debate. El delincuente merece castigo. El enfermo atención. Y así la vacilación esboza el planteo: ¿El adicto a las drogas es delincuente o enfermo? Algunos propician suprimir la tipificación penal frente al consumo de marihuana; otros sostienen despenalizar el consumo de cualquier sustancia; finalmente, hay quienes propugnan legalizar las etapas de producción y comercio de drogas.
En 2004 la revista American Journal of Public Health publicó un estudio sobre más de 5 mil personas en Amsterdan y San Francisco, para indagar si la legalización aumenta el uso de marihuana y si la penalización lo limita. Conclusiones: “si las medidas sobre las drogas tuviesen una importante influencia sobre el consumo del usuario, no habríamos detectado similitudes tan grandes entre dos legislaciones tan diferentes”. En Argentina la Ley Nº 23.737 reprime con prisión a quien tenga estupefacientes, pero en la mayoría de las causas por tenencia de drogas para consumo personal la justicia sobresee al imputado, o bien suspende el proceso y ordena una medida de seguridad (tratamiento de rehabilitación). El sistema judicial vegeta en la neutralidad del péndulo interpretando la realidad con razonamientos propios, de ahí jueces que liberan consumidores y otros que se atienen al texto legal. El clima es incierto y azaroso, porque ante la misma situación y la misma cantidad de sustancia incautada, la justicia falla en dos sentidos fatalmente inversos ocasionando un escándalo jurídico.
Y así como la jurisprudencia no es pacífica, la doctrina tampoco. En favor de la despenalización se dice que las adicciones deben tratarse como un tema de salud, ninguna recuperación es posible por vía judicial. El premio Nobel de Economía Milton Friedman opinó que “el Estado no tiene derecho a usar la fuerza, directa o indirectamente, para evitar que un individuo se convierta en alcohólico o drogadicto”. Además, penalizar la tenencia de drogas para consumo personal violenta el Principio de Reserva (art. 19 CN), que señala: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados…”. Asimismo, castigar la tenencia para consumo personal convierte en delincuente a quien no lo es. Por caso, durante la vigencia de la Ley Nº 23.737 hubo más de 320 mil detenidos con menos de 5 gramos, el 98,5% no tenía antecedentes penales. Para el jurista Jaime Goti “si la razón de la punición es que los delincuentes actúan bajo los efectos del alcohol y de las drogas, tengamos en cuenta que el primero es legal, y segundo, liberemos la marihuana y veremos cómo los supuestos delincuentes no se acuerdan que pensaban hacer a mitad de la trama delictiva”.
En contra de la despenalización se sustenta que las drogas de venta legal (tabaco y alcohol) son las que más muertes causan. Legalizar otras favorece a sus mercaderes. Falta infraestructura para asistir al adicto. Agrava la delincuencia, atento que más del 50% de los detenidos se encontraba bajo efectos de alcohol o drogas al momento de perpetrar la conducta prohibida. Y encierra un peligroso mensaje a la juventud: el consumo de estupefacientes al no ser ilegal no es malo.
En una posición u otra, la marihuana es la principal droga de inicio para adictos, y el Gobierno analiza legalizar su tenencia para consumo personal. Antes de reformar la ley penal, el Estado debe crear un sistema sanitario capaz de brindar contención suficiente, que hoy no existe. Resulta imperativo fijar medidas de seguridad para adictos y estructurar una red de centros para rehabilitarlos. Tal estrategia demandará altas y permanentes partidas presupuestarias. Ajeno a toda controversia, el tabú se deshace y la despenalización emerge en el horizonte del sistema penal y social con impulsos renovados. Por ello, la legalización no debe ser vista como argucia demagógica, sino como seria política de Estado.
Cuidado. Nos amenaza el abismo.
Desgobierno. Las sucesivas versiones de administradores locales corroboran que la política no responde al afán entusiasta de quienes la propusieron como la mejor tecnología social al servicio de todos, y no de unos. El triple crimen en General Rodríguez, el asesinato de 2 colombianos en el Unicenter de la zona norte del Gran Buenos Aires (una de las víctimas era segundo jefe de un importante cartel de droga), o la desarticulación de un laboratorio que procesaba drogas sintéticas en Maschwitz (donde narcos mexicanos producían metanfetaminas), son solo citas que albergan el catálogo de uno de los principales estigmas que pesan sobre la sociedad actual. “El duelo contenido en las noticias oculta causas cambiadas. Es que no son las drogas sino el narcotráfico. Tampoco es el hambre sino el negocio que genera” (Peicovich).
Suceso a suceso, envasar y repartir la crónica causa insomnio, recibirla sofoca: Avance mafioso en las grandes urbes. Creciente instalación de la industria narco. Seguridad negligente. Corrupción en el sistema de salud. Peces gordos a la vuelta de la esquina (en la mansión, claro). Tolerancia social a la adicción. Despenalización de facto. Sicarios, amedrentamiento e impunidad. Falta de radares en espacio aéreo argentino facilita aterrizaje clandestino de traficantes. Sospechosos financiamientos proselitistas rozados por el narcotráfico que vician de fondo la sagrada legitimidad del sufragio. Y vicios de forma que agravan el problema ético. Brutal paradoja: a días del estallido de tan inquietantes casos de novela policial el ministro Fernández enarboló la despenalización. Nada más urgente en la agenda presidencial que aclarar confusos vínculos con redes delictivas. La cero importancia expiró.
La expansión del narcotráfico aturde. Es un negocio bien llevado que primero genera demanda y luego la contiene. Argentina dejó de ser país de tránsito. El consumo interno está en aumento y la producción busca su lugar. Nuestro ordenamiento jurídico es endeble para entorpecer el anclaje de la droga. No tenemos “tiempo sanitario” para que la prioridad investigativa elimine eslabones de comercialización y termine por acorralar al gran traficante. El “oficio narco” redefine el concepto de la ganancia en zonas marginales (y no tan marginales), y la falta de oportunidades empuja a que cada vez haya más individuos que arriesgan vida propia y ajena por dinero. Hay drogas al alcance de cualquier bolsillo. Si el Estado no sacude su modorra, los narcos controlaran partes concretas de territorios. La vida subordinada a códigos mafiosos sin espacio para la justicia ni ejercicio de libertad. La naturaleza es arbitraria, reparte sus dones aún mas desigualmente que el salario, por eso funcionarios incompetentes y perezosos no pueden resolver éste creciente peligro que acecha. Es necesario que lideres y ciudadanos asumamos responsabilidades en lo inmediato. El país vaga distraído en medio de la locura y el desconcierto que su primate de lujo compone sin esfuerzo. Pasan cosas realmente importantes que deben interesarnos.
La droga está aquí. Los narcos también.