martes, 9 de diciembre de 2008

Esperando brisas de humanidad. (60 años desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos)

Pasaron 60 años desde aquel histórico soplo de humanidad. Las matemáticas no mienten: 48 votos a favor, ninguno en contra, 8 abstenciones y una declaración universal. Pero los derechos humanos aún son palabras santas de las que sólo coexistimos con su fonética. Su esencia está en veremos. Vocablos placebos que no terminan de anclar. Les falta calle donde estar y conciencias donde reflejarse, porque una cosa es el texto y otra su materialidad. Espacio utópico que a veces nace desde el corazón, y a veces muere en el bolsillo. Es complicada la humanidad. Nos gusta su contenido, pero solo buscamos rozarnos de bonanza, no de pobreza. Contagiarnos de bienes como el de la prolongación de la vida, no de males como el sida a cuyos huéspedes discriminamos.
A nivel país nunca tan pocos debieron tanta humanidad a tantos. Una deuda ancestral: dignidad, justicia, educación, salud, fraternidad, igualdad, instituciones, administración. Menos de cuatro mil los incompetentes que arruinan la vida social de una nación. No quiero ni imaginar el resultado de cuantificar el desastre a nivel planeta. Son millones los esperanzados ciudadanos que fundamentan con su voluntad la autoridad del poder público. Un simple sufragio y unos cuantos años, por eso los derechos humanos deben ser bandera de la democracia, porque amarla no es lo mismo que convivir con el derroche, la modorra, la soberbia, la mano en la lata. Bosteza la ideología. Transpira la historia.
Alguna vez René Cassin, Premio Nóbel de la Paz , definió la Declaración Universal de Derechos Humanos como un gran Templo. Hoy rezo porque al menos quede algún reservorio arqueológico donde recurrir mas no sea por nostalgia. Los derechos humanos debieran ser un paraíso en la tierra: paz, libertad, tolerancia y concordia. Pero pobreza, hambre, inseguridad, drogas, trata de personas, inmoralidad, analfabetismo y otras plagas clausuran el camino y hacen del globo inhóspita residencia. Cambia la época, pero no el sentido. Ahora mismo escasean pan, agua y luz, gruñe la geografía y se desmorona la sociología con tal de conseguir más barriles de petróleo o algunos témpanos de hielo. Balas que se disparan en nombre del dios que más convenga al argumento. Atraen mejor las armas que las almas: más de quinientas millones porta el mundo para uso y abuso personal. Si alguna vez fue delito matar un pájaro, hoy casi no lo es matar un hombre. Ya nada sacude como debería, es que somos permeables a la influencia. La tecnología audiovisual logró acentuarnos como fisgones de la tragedia sin salir de casa. Hace poco vimos cómodamente sentados ante la pantalla como el Malevo Ferreyra se suicidaba, años atrás encapuchados fragmentaban con golpe de cuchillo la cabeza de un estadounidense secuestrado para luego exhibirla tomándola de los pelos, Saddam Huseim ahorcado “in live”, torres gemelas desmoronándose en diferido de seis segundos. Miramos sin enredar el alma. Ahorramos la emoción para películas de amor mediocre. Habrá quienes reaccionaron pronunciando ¡qué horrible! sin desatender el bife del plato. Y así la especie se justifica banalmente. Semejante representación de la condición humana debería afectarnos de por vida en lugar de bautizarnos como platea desapasionada. Sucede que el martirio responde a la oferta y demanda del libre mercado. Y la competencia empuja a superar cualquier producción de terror.
Dirigentes charlistas insisten en deambular por las ramas sin atender lo urgente: serenar la vida social, no inquietarla; legislar para el bienestar general, no para el particular; juzgar para la justicia, no para la estadística; y comprender el Debe y el Haber como asuntos de máxima humanidad. Es un alivio que hayan triunfado los derechos humanos. Pero la duda me corroe: ¿Qué hubiera pasado si perdían?

Miguel Martín Gómez Amigott